martes, 30 de noviembre de 2010

el hombre más triste del mundo

Me acuesto a hurtadillas, como si fuera un ladrón, porque no puedo dormir y me había bajado al salón a fumar y a leer la historia de unos detectives fantásticos, y a eso de las cinco, ya con algo de sueño, me vuelvo a la cama, y me deslizo entre las sábanas sin querer despertarla, pero ella igual hace ruidos y se queja, como siempre cuando algo la molesta durante el sueño, y luego dice dos o tres frases incoherentes que no sé a qué sueño pertenecen, y yo me quedo ahí, tumbado boca arriba en la oscuridad del techo, apretando los ojos, intentando inútilmente dormirme de una puñetera vez, con la cabeza llena de historias nuevas y de historias viejas, pero sintiéndome tan sólo, tan increiblemente solo en este perro mundo, y tan triste, yo soy, definitivamente, el hombre más triste del mundo, en todos los sentidos, y no me atrevo a tocarla, porque no quiero despertarla y porque discutimos hace un par de días, y sentí entonces, como ahora, todo lo solo que me encuentro, que en realidad siempre me he sentido igual, y oigo sus ruidos y su respiración junto a mí, muy cerca, su aliento sobre mi cara, y pienso que no es nada nuevo, todos estamos tan lejos unos de otros, y entonces me muevo un poco, buscando la comodidad de dormir de lado, para que me entre el sueño de una vez y alejar un rato todo esto, y me coloco de costado, decúbito lateral izquierdo, frente a frente, en medio de una oscuridad de no poder verla, pero entonces ella me presiente y me acaricia sin saber, y yo entonces me lanzo en un abrazo, que más que abrazo es un intento por alcanzar otro estado, entre gaseoso y gelatinoso, y me besa y se rie un poco desde su sueño, y seguimos siendo solos, pienso, sigo siendo el hombre más triste del mundo, pero pienso también, que no sé de qué me quejo.